No nos gustan las historias normales. No queremos saber que tal persona tuvo una infancia normal, estudió en un colegio normal y en un instituto normal y, después, en una universidad normal o una academia normal, aprendió las cosas que darían sentido a su vida, las perfeccionó y así se convirtió en la figura que todos acabamos conociendo.

Lo que nos gustan son las historias extraordinarias. Los niños prodigio. Saber que Mozart componía a los cuatro años y a los seis era prácticamente un virtuoso del clavicordio y el violín; que Velázquez ya pintaba como los ángeles cuando, a los diez años, comenzó su aprendizaje con Francisco Herrera el Viejo y apenas un año después entró a formar parte del taller de Francisco Pacheco; que para obtener la insignia del mérito fotográfico de los Boy Scouts, Steven Spielberg rodó un wéstern de nueve minutos en 8 mm. cuando tenía doce años. (Lee este artículo en Jot Down)


Así que encargan a Toyo Ito el diseño del centro al que bautizan como Parque de Relajación. En el año 2000, Ito pasa por ser uno de los arquitectos más innovadores y sensibles del panorama internacional, por lo que parece que la apuesta es tan sólida como ambiciosa. Y desde luego que era ambiciosa: un gran balneario compuesto por tres edificios bordeado por dunas artificiales de ocho y diez metros de altura, además de la previsión urbanística de construir hoteles y servicios de ocio ligados al centro.

Pero para el año 2006 solo se había levantado uno de los edificios, prácticamente terminado, pues en diciembre de 2004, la Dirección General de Costas ordenó la paralización de las obras porque el proyecto invadía el dominio público marítimo-terrestre y la zona de servidumbre de tránsito del parque natural de las lagunas de Torrevieja y la Mata. Luego llego la bomba termonuclear a la que llamamos "crisis económica" y aparecieron necesidades municipales más acuciantes que terminar el balneario, que fue así abandonado a su suerte en medio del llano desértico junto a la Laguna Rosa.

Durante estos últimos años, las ruinas inacabadas del edificio de Ito fueron ocupadas por personas sin hogar y se convirtieron en poco más que un basurero descuidado. Este deterioro, unido al desamparo gubernamental, sirvieron de combustible al incendio que destruyó parte de la obra en marzo de 2012. (Lee esta historia en el Economista)


Durante las décadas de los 50, 60 y 70 se construyeron algunas de las piezas más poderosas y más sugerentes de la arquitectura contemporánea, en un movimiento que el crítico británico Reyner Banham denominó ‘New Brutalism’ aunque posteriormente sería conocido sencillamente como brutalismo.

Los arquitectos no adoptaron la etiqueta brutalista, y no porque fuese despectiva, pues en realidad no lo era. Para empezar porque venía del brut francés y no del brutal inglés. Pero sobre todo porque los críticos no lo consideraba un estilo sino una manifestación del ambiente intelectual de los jóvenes arquitectos de la época, que se enfrentaban a la disciplina con un enfoque de integridad moral, alejándose así de la excesiva ligereza y frivolidad que consideraban había caracterizado a la arquitectura del primer Movimiento Moderno.

Pero como el dinosaurio de Monterroso, el hormigón seguía allí. Esperando a que lo redescubriésemos, esperando a que el hombre ajustase su sensibilidad y dejase de necesitar tamices para enfrentarse a construcciones que no eran fáciles, que eran ásperas e incluso antipáticas. Pero también eran honestas en su belleza. (Lee esta columna en Yorokobu)


Como suele pasar en las buenas decisiones, el proyecto ganador, obra de los arquitectos Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa al frente del estudio SANAA, resolvía el problema con una decisión muy sencilla: rechazaba la compartimentación de las necesidades, proponiendo un único espacio continuo de una sola planta. Pero no era una planta convencional ni un espacio convencional. Planteaban una doble losa de hormigón alabeada capaz de generar una serie de espacios cóncavos y convexos que se enlazarían en un recorrido fluido y natural, definiendo así las distintas funciones del programa.

Quizá algún lector se pregunte en este momento: "¿Y qué tiene este edificio de corporativo?". Bien, cuando en 2007 comenzaron las obras, la financiación de la construcción recayó en parte en el gobierno suizo, pero también en distintas compañías privadas como Logitech, Nestlé, Novartis y, sobre todo, el buque insignia de la industria relojera suiza: Rolex.

La jugada de la compañía relojera es magistral, porque no solo patrocina un edificio universitario donde, entre otras cosas, se aloja la biblioteca científica más grande del mundo, con más de 500.000 volúmenes, sino que su nombre se asocia a la mejor arquitectura contemporánea.

No hay más que ver los planos y las fotografías para comprobar que el edificio de SANAA apuesta por la innovación espacial y formal. Un paisaje artificial de 22.000 metros cuadrados y planta rectangular, pero conformado por un engranaje de ondulaciones y patios ameboides que permiten una discriminación eficaz de las funciones y las necesidades de soleamiento. (Lee esta pieza en el Economista)



Lo que provoca más extrañeza de la narración es que no transcurre en el lejano Oriente ni en los oscuros Cárpatos, sino en España. Pues Potocki sentía tal fascinación por los mitos de nuestro país que lo convirtió en un espacio misterioso y extraordinario. Y por eso, Manuscrito encontrado en Zaragoza es una novela inusualmente cercana a la contemporaneidad. ¿No es esa Sierra Morena tan cotidiana y a la vez tan exótica como el Macondo de García Márquez? ¿No son sus riscos y sus pedregales tan intrincados como la Hiperbórea por donde Conan desfacía entuertos a espadazo limpio (y cuya adaptación cinematográfica, por cierto, se rodó también en España)? ¿No es la Venta Quemada, portal de visiones y hechos sobrenaturales, un lugar tan fuera del tiempo como el Muro del Stardust de Gaiman? ¿No se comportan los endemoniados como los enloquecidos lectores delNecronomicón? ¿No son los fantasmas que flotan entre encinas y ahorcados tan incomprensibles como las criaturas que pululan por el Área X de VanderMeer?

Sí. Y mucho más. Porque si decidimos seguir a Alfonso van Worden como Alicia siguió al conejo blanco, acabaremos en un entretejido de cuentos y relatos que se mezclan y se solapan; y nos encontraremos con cultos iniciáticos, conspiraciones, cábalas, jeques y princesas moras, contrabandistas, ladrones, jefes de tribus gitanas, nobles y lacayos. Y cuando giremos la última página y miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que la extrañeza que nos rodea no es exclusiva del siglo XX ni del XXI. Las cosas eran mucho más raras hace doscientos años. (Lee esta reseña en Jot Down)