Jugábamos al escondite, al rescate, a la vuelta ciclista. Y a policías y ladrones, claro. O a indios y vaqueros, o a espías y contraespías, o a soldados y generales. A cualquier cosa en la que pudiéramos dispararnos con pistolas de juguete mientras hacíamos «bang», «pang», «piñaoun» o incluso «pum» con la boca. Algunas estaban hechas de cartón o de restos de marquetería, otras eran de plástico duro y, los más afortunados, empuñaban armas de pistones que explotaban con su propio ruido para escarnio de los que nos resignábamos a improvisar onomatopeyas balísticas. Yo tenía una pistola azul comprada en la juguetería que disparaba flechas de ventosa que, obviamente, habían desaparecido en su totalidad a la media hora de salir a la calle.

Pero esa tarde no. Esa tarde llevaba un arma secreta. La traía cuidadosamente envuelta en una caja de puros vacía que había robado a mi padre. Sostuve el paquete con reverencia sacramental e indisimulado nerviosismo durante quinientos y pico metros y, cuando llegué a la puerta de la escuela, que era nuestra base de operaciones, miré a mis amigos con una sonrisa de suficiencia. Saqué la caja y levanté la tapa como si fuese el ataúd de Drácula: dentro había una pistola de oro.

En realidad no era de oro; era mi vieja pistola de plástico azul que había pintado con cuidado y un bote de témpera dorada. Yo aún no sabía ni lo que era el bochorno ni lo que era el escarnio ni lo que era la reverencia sacramental. Tampoco sabía quién era Christopher Lee, pero sí sabía que por su culpa, esa tarde de mayo, quizás junio, yo iba a ser Scaramanga. Yo iba a ser el malo de la película. (Lee el resto de este pequeño homenaje en Jot Down).


Solemos pensar en los genios como seres ensimismados que reciben la inspiración de manera casi mágica en forma de luminosos rayos de comprensión y conocimiento. Sin embargo, la mayoría de los avances de la humanidad, los culturales, los sociales y también los científicos, a menudo son el producto de arduas e innumerables horas de trabajo. De procesos largos y enlazados que son el resultado de otros procesos largos y enlazados y que vienen de otros procesos a su vez enlazados con referencias, estudios y evoluciones investigativas previas entretejidas con los procesos de otras personas que, del mismo modo, transitaron por recorridos distintos para llegar a soluciones distintas porque su problema inicial era distinto. O puede que fuese el mismo.

Lo que pasa es que todos esos mecanismos se comportan como artefactos de pensamiento lateral: para poder avanzar, en algún momento tuvieron que cuestionarse las soluciones conocidas y los resultados precedentes. Para llegar a puertos desconocidos, hubo que cambiar la forma de las velas, desplazar los engranajes del motor e incluso subirnos en otro aparato antes de echarnos a la mar. (Lee este artículo en Jot Down).



Cuando consiguieron derribar la puerta de la escalera y Fitzpatrick puso un pie en la primera planta, se encontró de frente con el monstruo. Un monstruo formado por cien habitaciones oscuras, sin ventanas. Algunas eran tan pequeñas que apenas cabía una persona, algunas tan bajas que una persona ni siquiera podría permanecer de pie. Puertas que abrían a paredes tapiadas, puertas que solo se abrían desde fuera. En medio de una oscuridad coagulada, el inspector de policía caminó por escaleras que no conducían a ninguna parte y por pasillos que se volvían estrechos y estrechos y cada vez más estrechos hasta que difícilmente podía atravesarlos de perfil. Un laberinto de esquinas angulosas sin salida y puertas que conducían a otras puertas que conducían a otras puertas que conducían a trampas en el suelo que se alimentaban de otras trampas en el techo. Y marcas en el papel pintado de las paredes. Marcas de dedos, de uñas y de sangre. Y restos de vestidos y de telas y de piel y de huesos y cadáveres consumidos, disecados y diseccionados.

Y el olor.

(Compra la Jot Down Especial Quién Dijo Miedo).


Hay que tener mucho cuidado con lo que se compra. Hay que buscar bien hasta encontrar lo verdaderamente único y original. Ya sabes lo que dice la publicidad: «Rechace imitaciones». Salvo que no las rechaces. Quizá porque la imitación es tan buena como el original, si no mejor. Tal vez porque la imitación es precisamente lo único, lo singular y lo insólito.

Algo así te puede pasar si viajas a la mercurial Asmara, capital de Eritrea. Mirando sus rótulos y sus edificios, puede que no sepas si estás en el África Oriental o en una ciudad del norte de Italia. Y eso sí que es verdaderamente inimitable. Y asombroso. (Lee este reportaje en Yorokobu)


La nueva sede del BBVA cuenta con unos 114.000 metros cuadrados de espacio de oficinas, la mayor parte de los cuales se sitúan en un edificio plano de tan solo tres plantas de altura atravesado por patios alargados que ofrecen luz y ventilación. Los arquitectos bautizan a este volumen como "La Alfombra": un tejido entretejido y perforado por espacios abiertos y en su mayoría diáfanos.

Sin embargo, todo el complejo tiene un nombre mucho mejor. Uno que le han dado los propios trabajadores que ya han empezado la mudanza a las nuevas instalaciones y que, probablemente, acabe siendo abrazado por los madrileños: "La Vela". Porque en el centro de esa alfombra se horada una gran plaza arbolada cuya envolvente se levanta como marineros izarían un aparejo naval. Y aparece la silueta. Una curva irregular, casi dibujada a mano alzada, de 93 metros de altura pero apenas 13 de ancho. (Lee esta crítica en el Economista)