El troll de Internet y la paradoja del anonimato (Jot Down)


Tengo serias dudas de que el lector medio de este magacín vaya a entender el presente artículo. Impregnados por ese caduco y nauseabundo espíritu progre, quince-emero y buenista, son incompetentes para realizar y admitir ninguna reflexión crítica. No en vano, la manifiesta ignorancia de la izquierda con la que se identifican, alimentada por años y años de sebosa vagancia intelectual al calor de papá-Estado, difícilmente les va a permitir que agrupen los dos o tres conceptos que voy a presentar en un pensamiento complejo. Preferirán el seguidismo de alguna inane reclamación periférica, pensando que el no-va-más de la cultura es citar a Bukowski o a Gloria Fuertes. Pero no se preocupen, que las mujeres, reacias e incapaces a cualquier elaboración abstracta, tampoco se van a enterar de nada de lo que aquí aparece. Como mucho impostarán su interés en esta lectura para así no dejar claro lo limitadas que son, pero en realidad lo único que van a hacer es alimentar el odio contra este humilde redactor por ponerlas —a ellas y a ustedes— en evidencia.

La hipocresía deshonesta que les llena de rencor les va a impedir que admitan las palabras que van a leer, pese a que saben que tengo razón. Porque prefieren vivir bajo una manta de pusilánime mediocridad envidiando al que destaca, al líder. Porque las cosas se dicen directas y a la cara. De frente. Pese a quien le pese. Como hacían Ayn Rand o Elia Kazan. Como hace Salvador Sostres.

Y ahora respiren profundamente.

Y ahora otra vez.

Como habrán podido comprobar, es extraordinariamente fácil irritar a los lectores —a ustedes—. Es extraordinariamente fácil irritar a casi cualquier persona. Lee esta historia en Jot Down