Bobbi Gibb y K. V. Switzer corrieron el maratón de Boston (Jot Down)


Una zancada.

Y luego otra zancada, y otra, y otra, y otra más. Hasta que ya no puede contarlas. Hasta que ya no golpean al ritmo de los latidos. Hasta que dejan de doler. Hasta que desaparecen.

Gibb

Es 19 de abril de 1967 y Bobbi Gibb sonríe, siempre sonríe cuando corre. Hace bastante que ha dejado de oír lo que tiene alrededor y dentro de su cabeza, en el paladar, en cada fosa nasal y en la parte más profunda de la garganta solo escucha el bombeo amplio y liviano de su respiración.

Inspira. Exhala.

El oxígeno entra y sale de los pulmones dando combustible a unas extremidades largas y fibrosas; un cuerpo enjuto, casi epitelial: el físico delgado y fuerte de los fondistas. Sonrisa al frente, mira de reojo el empeine de sus Adidas azules; al otro lado de su mirada, las suelas repiquetean leves mientras arden y a la vez queman el asfalto. No hace mucho que las compró, apenas un par de meses, pero ya están deformadas por kilómetros de entrenamientos. Lee esta historia en Jot Down