Construir castillos con el aire (Jot Down)


Desconozco cuál será la imagen que tienen ustedes de la isla de Ibiza. La mía, desafortunadamente, es la de una especie de hipernodo del entretenimiento juvenil más descerebrado. Un macrocentro comercial —muy comercial— basado en la exportación de vaporosos vestidos blancos, la idolatría de la música remezclada en detrimento de sus compositores, y la promesa de una actitud sexual desprejuiciada que, al menos en mi caso, no pasó de promesa. En definitiva, en Ibiza opera un potentísimo aparato de mercadotecnia que te vende una experiencia única y fascinante, asentada sobre los rígidos hombros de discotecas galácticas autodenominadas «catedrales del sonido» (sic) y los pastores que ofician sus ritos: los DJ. Créanme, Ibiza ostenta el mayor número de DJ per cápita del planeta; hay DJ en discotecas (claro), pero también en bares, en restaurantes, en pizzerías, en el McDonald’s y hasta en los quioscos de prensa.

Sin embargo, hubo un tiempo en el que la isla pitiusa no era tal y como la conocemos hoy día. Los DJ aún no existían —ni allí ni en ninguna parte del mundo—, los vestidos blancos eran rechazados por las dificultades en su lavado y los jóvenes que iban a Ibiza no escuchaban música house sino a Pink Floyd y a The Doors; y tampoco la visitaban por periodos vacacionales, sino que a menudo se establecían de manera más o menos permanente. Sí claro, eran hippies, y no solían tener prejuicios a la hora de ensayar con nuevas formas de alojamiento.

Uno de las experiencias habitacionales más interesantes de esa época sucedió durante un mes de 1971. Se le llamó Instant City. Lee esta historia en Jot Down