Dormir es morir (Revista Magnolia)


En verano, durante dos horas al día, la siesta era obligatoria. Dos horas cada día. Dos horas que nunca iban a volver, que desaparecían para siempre. Para siempre. Yo no quería perderme esas dos horas en las que podría –en las que debería- estar jugando, saltando, leyendo tebeos o viendo dibujos animados. Yo no quería perderme la vida. Para mí niño de siete años, dormir era morir. Luego me cansaba de correr y, efectivamente, me dormía. Contra mi voluntad.

Con 15 años yo quería tener 25, quizás... Lee mi columna en Revista Magnolia