Air y el recreo infinito (Revista Magnolia)


Cada fotón es una onda y una partícula y mirar al sol con cuarenta años apenas se parece a la primera vez que lo miraste con quince. Esa onda se atasca en las arrugas de los ojos y en los cartílagos duros de cada extremidad y avanza con cierta dificultad por tu piel y entre las circunvoluciones del cerebro.

Porque todos miramos al sol por primera vez con quince años. Y el sol no era un disco brillante en el cielo, sino el reflejo en un rizo rubio o en un iris verde o en una mejilla con pecas. Cuando tienes quince años, los fotones son recién nacidos y vienen con un regalo bajo el brazo; se paran a beber en la orilla del río y te traen un poco de agua fresca entre sus dedos. Y esa... Lee mi columna en Revista Magnolia