La antena del mundo (Fàbrica Futur Barcelona)



Cuando levantó la Torre de Comunicaciones de Collserola, Norman Foster acababa de ser armado caballero, aún no era Lord, ni había recibido el Premio Pritzker.

Pero ya sabía que la belleza estaba en la verdad.

En la verdad constructiva y en la verdad estructural; por eso cuesta creer que la Torre de Collserola se construyese a base de acero, hormigón y vidrio. Porque cuando miras al Tibidabo no ves materiales, sino las líneas de fuerza, las cargas gravitatorias y, sobre todo, las tensiones que soportan el azote del viento. El terrible empuje horizontal al que se ve sometido cualquier edificio tan esbelto.

Son doce cables que convierten una estructura de casi mil pies (288,4 metros de altura) en una pluma. En un junco leve y a la vez tan firme como un gigante de platino.

Era 1992 y, en la sierra de Collserola, la Torre se levantaba contra un firmamento ansioso por escucharla. Una antena que iba a contarle al mundo un mes que era un sueño. Desde su atalaya serena desafiaba las formas y los desfiles y los hombres más rápidos y más altos y más fuertes. En otra escala, en otro plano de la realidad, la Torre era más rápida, más alta y más fuerte que la Humanidad.

Pero le hablaba al mundo y le contaba cómo era Barcelona. Le susurraba su mar y le gritaba sus prodigios. Le sonreía y se dejaba adular.

Han pasado más de veinte años, Foster es Premio Pritzker y Barón Lord Norman Foster de Thames Bank, y la Torre de Collserola sigue levantándose en la sierra contra el sol de poniente. Y sigue contándole al mundo, a veces a gritos y a veces a susurros, cómo es Barcelona y cómo es ella misma.

Y sigue escuchando la sorpresa del mundo que, harto de brillantina y lentejuelas, se rinde ante la belleza inalterable de la verdad.