Levántese a por el mar (Fàbrica Futur Barcelona)



Fueron muchos años, en realidad muchos siglos. Fueron milenios, eones. Fue todo el pasado, todo el tiempo durante el cual le dimos la espalda. Mirábamos a otro lado: a Montjuïc, a Montserrat, a Collserola, a los Pirineos o a Aragón o a Murcia o a Andalucía. Nos mirábamos a nosotros mismos y apenas nos veíamos la punta de nuestra nariz. Pero, por encima del ruido y el humo, en el último olor del Barri Gòtic, le escuchábamos.

El mar.

Estaba allí. Siempre lo había estado. Donde no queríamos mirar, quizá donde no podíamos mirar. Del mar llegaban las invasiones y también las fortunas. Del mar llegaban las enfermedades y también la luz. La luz de la mañana. La luz de Levante.

Antoni Gaudí nos descubrió que el oleaje no solo estaba al otro lado del puerto, sino que nos podía acariciar en la fachada de La Pedrera, y aún más en su cubierta. Nos dijo que las superficies no son rectas, sino que tienen la ondulación del viento y las fuerzas. Que los espacios navegan dentro de los edificios y entre la trama de la ciudad. Y cuando ya no supo decirlo con más metáforas, nos lo puso delante de nuestros ojos y nos lo enseñó como se enseña un truco de magia.

Levántese.

El mejor asiento del mundo está en el Parc Güell. Ondea como el mar y es continuo como el horizonte. Pero en apenas un metro está hablando con los suyos, y en apenas otro metro está sentado en el borde hablando con quien es usted. Cada curva distingue el recogimiento y el retiro. Aun rodeado de mil turistas, puede estar solo, si quiere. Aun con sus propios pasos, puede estar acompañado, si quiere.

Y a la espalda, el mar.

Pero no es la espalda que nos daba miedo. No es la parte del mundo que desaparece cuando cerramos los ojos. Es la espalda que nos acaricia el vello de la nuca y nos revuelve el pelo. Porque la plaza del Parc Güell se levanta –se levanta- en la parte más alta de Barcelona y cuando se levanta –le levanta- de su asiento sinuoso no tiene más que mirar atrás para ver, al fin, el mar.

Si quiere.