Vini, bici, vinci (Fàbrica Futur Barcelona)



Le Corbusier tuvo un sueño. Bueno, en realidad tuvo muchos sueños; en algunos pintaba desnudo en Cap Martin y en otros paseaba con Pablo Picasso mientras le enseñaba los entresijos de la Unité d’Habitation de Marsella. Pero tuvo uno más grande, uno en el que las ciudades sonreían a los peatones y los peatones le devolvían la sonrisa, tranquilos y plácidos. Uno en el que las ciudades crecían sin que los coches, apartados de los hombres, les guiasen el tallo.

Hace unas semanas, Google presentó su nuevo coche sin conductor. Era la evolución directa de los experimentos que la compañía lleva realizando en Estados Unidos desde 2011. Sin embargo, el nuevo coche no es un vehículo modificado, es un automóvil sin volante y sin pedales. Imposible de conducir. Conceptualmente autónomo.

¿Sabían que en 1980 casi el 90% de los jóvenes americanos de entre 18 y 21 años tenían permiso de conducir, mientras que en la actualidad apenas llegan al 70%, y que la tendencia descendente es aún más pronunciada?

No tienen más que juntar las piezas: estamos asistiendo al principio del fin de la cultura del coche. Y la responsable de este fenómeno no es otra que la ciudad. Las urbes modernas son cada vez más inhóspitas para el coche, cada vez más difíciles para los conductores. Barcelona es la ciudad más congestionada del Estado español; empleamos hasta un 43% más de tiempo metidos en el coche durante un atasco que en los periodos de tráfico fluido. Y las horas punta cada vez son más largas. A veces duran todo el día.

Entonces, si nuestro vehículo nos roba la vida y en el futuro no habrá posibilidad de conducirlos ¿qué sentido tiene poseerlo?

En sus siete años de vida, Bicing ha conseguido más de doscientos mil abonados. Piénsenlo: uno de cada diez barceloneses es socio de este servicio de alquiler urbano de bicicletas. Además, son unos 150.000 los desplazamientos diarios que se realizan por Barcelona en bici, sean de alquiler o particulares.

Y en el futuro estas cifras irán a más.

Pero el futuro no es 2050 ni 2020. Ni siquiera es el año que viene ni mañana. El futuro es ahora porque el futuro comienza a cada segundo de nuestra vida. Y el futuro comienza soñando. Así que quizá ya es hora de que soñemos el sueño de Le Corbusier. Ese sueño en el que las ciudades respiran, los peatones sonríen y las bicis vencen.