Eduard Callís y Guillem Moliner: “Las decisiones trascendentales sobre la ciudad ya se han tomado cuando el arquitecto es solicitado”


Entrevista para #ffbcn | Fàbrica Futur Barcelona

El estudio unparelld’arquitectes lo encabezan, claro, dos arquitectos: Eduard Callís (Olot, 1977) y Guillem Moliner (Barcelona, 1979). Aunque la oficina se fundó en Olot en 2004, ambos estudian arquitectura en la Barcelona, Callís en el Vallés y Moliner en la propia ciudad condal. Además, ambos compaginan su trabajo como arquitectos con la docencia y la investigación tanto en la propia Universitat Politécnica de Catalunya, como en la Universitat de Girona o en la Escola d'Art i Superior de Disseny d'Olot. Dueños de una mirada sensible y afilada, tanto en las obras de gran empaque, como el proyecto del Mercat d’Olot, como en las de intervención quirúrgica, como la Núvol daurat. Su trabajo ha sido premiado y expuesto en varias ciudades de Catalunya, España y Europa; incluyendo la exposición Materia Sensible del Colegio Oficial de Arquitectos de Catalunya y la Bienal de Venecia, ambas en 2012, o la Bienal de Arquitectura Española de 2013.

¿Qué es Barcelona?

Barcelona marca un punto de inflexión en nuestras vidas. Como muchos estudiantes, es donde hemos compartido nuestra primera casa. La vivencia en una etapa de formación y adquisición de autonomía personal es muy intensa y está definitivamente vinculada al entorno en el que se desarrolla. Representa la apertura de una ventana al mundo y un retrovisor para releer con más intensidad los espacios vividos anteriormente.

Dejando a un lado las implicaciones más personales, vemos Barcelona como un lugar común, un punto de encuentro donde se fusionan realidades sociales y actividades muy distintas. Su configuración urbana tiene una gran capacidad de absorber y mezclar esta diversidad. Es una ciudad en equilibrio, determinada por el encuentro con el mar y las montañas; el encuentro de una malla regular con núcleos antiguos; el encuentro de una planificación en base a grandes eventos con intervenciones urbanas a pequeña escala.

Estos últimos años, el cambio de ciclo económico y la presión turística están modificando las reglas de juego. Hay que esforzarse en corregir el desencuentro que se está produciendo entre la ciudad cotidiana y la ciudad turística, entre la ciudad desahuciada y la opulenta.

Vuestro estudio está en Olot si bien estudiáis en Barcelona. ¿Existe una influencia arquitectónica o urbana de las ciudades grandes sobre los pueblos?

Podemos leer Cataluña como una red de ciudades pequeñas interconectadas que vertebran el territorio. Aunque durante las últimas décadas la presión demográfica se ha concentrado principalmente en la franja litoral, los núcleos de interior siguen siendo un polo de tejido industrial y cultural. En este contexto, Barcelona ha sido tradicionalmente el punto de intercambio y el altavoz de un territorio que se extiende más allá de su área urbana. En el aspecto arquitectónico, como en muchos otros, la influencia de la capital hacia el resto de ciudades es innegable.

En nuestro caso, el taller se sitúa en una localidad de unos de 30.000 habitantes; tiene sus rasgos particulares, como cualquier otra ciudad, que han generado una identidad cultural propia, ligada muchas veces al territorio y a sus costumbres. Su estructura económica alrededor de la construcción continúa conservando el valor del carácter artesanal de los oficios como un hecho habitual. En este entorno, aislado del bullicio de la gran ciudad, el trabajo se desarrolla bajo un clima de concentración. Hay pocas distracciones y un ambiente que propicia un ritmo más pausado pero muy constante. Los proyectos se nutren de este entorno con la mirada atenta, eso sí, a lo que sucede más allá.

¿Cómo es la toma de decisiones en un estudio conducido por dos arquitectos?

El equipo de trabajo con el que nos sentimos cómodos es aquel cuyo resultado es distinto a la suma de individualidades. El estudio no lo entendemos como una suma de uno más uno, sino como algo distinto. Los proyectos se definen colectivamente, en algunos casos con la incorporación de otros profesionales con inquietudes afines.

En un momento del proceso, y después de tantear distintas posibilidades, las intuiciones empiezan a tomar forma. Se establecen unas estrategias donde el proyecto adquiere una lógica interna, procurando dar respuestas permeables a la realidad y poniendo en valor los atributos del lugar donde se interviene. Es aquí cuando el proyecto cobra cierta autonomía y la tarea del arquitecto es la de alimentar y acompañar el proceso. Su inercia va conduciendo a las siguientes decisiones. De hecho, el proceso trasciende el proyecto y su materialización. Es deseable que una obra también establezca reglas de juego que la dejen abierta, apropiable y perfectible.

Algunas de vuestras obras más relevantes son intervenciones mínimas: una luminaria urbana, unas casetas de huerto, la reordenación de una plaza. ¿Esto también es arquitectura?

Hay arquitectura independientemente del tamaño o tipo de proyecto. La intervención mínima, en especial la efímera, facilita que los planteamientos iniciales lleguen con más nitidez al resultado final. Se realiza en poco tiempo, aligerada de carga programática y de normativa. Al mismo tiempo conlleva una gran consciencia de la forma de construir y del esfuerzo que implica llevarlo a cabo, no solo el económico. En muchos casos el proyectista es también el responsable de buscar los materiales y montarlos.

La intervención efímera en el espacio público y el paisaje tiene un gran poder de transformación porque invita a mirarlo de otra forma. Resalta unas cualidades que hasta el momento pasaban desapercibidas. Por este motivo, creemos que las acciones e intervenciones de este tipo son un buen instrumento para poner a prueba la ciudad y el espacio público. Un paso previo, por ejemplo, para tomar mejores decisiones a la hora de acometer una gran obra de urbanización.

En un momento crítico para la profesión, ¿cuál creéis que debe ser la posición de los arquitectos jóvenes o recién titulados, incluso de los estudiantes de arquitectura, a la hora de enfrentarse al futuro de la profesión?

Durante su formación académica, el arquitecto se dota de los conocimientos necesarios de concepción espacial y constructiva para afrontar como profesional proyectista cualquier tipo de obra. En este proceso de formación adquiere la capacidad de analizar y sintetizar, junto con ciertas habilidades de gestión y coordinación. Esta base permite extender su trabajo a otros campos que hasta el momento considerábamos ajenos. No deja de ser curioso que haya pocos arquitectos en las grandes empresas y en política. Es una figura adecuada para capitanear el aprovechamiento de los recursos en una situación como la actual. Tradicionalmente las decisiones trascendentales sobre la ciudad ya se han tomado cuando el arquitecto es solicitado para materializarlas. Tener un papel activo y orientar durante el proceso de toma de decisiones es una tarea imprescindible y en la que nuestra profesión puede aportar una visión estratégica. Aun así, consideramos fundamental mantener el vínculo con la construcción, la relación entre lo que se piensa y lo que se ejecuta.

¿Tiene Barcelona una identidad urbana propia?

Barcelona es una ciudad tejida principalmente con base en una arquitectura doméstica. En su fisonomía predominan ventanas, balcones y galerías. La combinación del resto de usos con este tejido y el clima mediterráneo han propiciado una intensa actividad en la calle a cualquier hora del día. Los edificios institucionales y representativos tienen poco peso en relación con las ciudades con las que habitualmente se la compara. La arquitectura de Barcelona es constructivamente modesta y ha forzado el desarrollo virtuoso de oficios y el ingenio de técnicos para hacer más con menos recursos. Después de unos años de abundancia, la situación actual nos brida la posibilidad de volver a agudizar la imaginación, partiendo de una observación atenta a la realidad con actitud de aprovechar los recursos que ofrece.