Las curvas invisibles del Eixample (Fàbrica Futur Barcelona)



Jean-Baptiste Lamarck escribió el tratado Filosofía zoológica en 1809, donde enunció su teoría de la evolución de las especies. En él venía a decir que era el ambiente el que transformaba a los seres vivos para adecuarlos a las solicitaciones del entorno. Cincuenta años más tarde, Charles Darwin edita El origen de las especies, donde reformula la hipótesis de Lamarck para enunciar la teoría de la selección natural: los seres vivos no mutan para adaptarse al medio ambiente, sino que tan solo sobreviven (genéticamente) los mejor adaptados.

Es curioso, pero a la vez que Darwin viajaba por las Islas Galápagos, Ildefonso Cerdá proyectaba su plan urbanístico para el Eixample barcelonés, que se aprobaría en 1860, pocos meses después de la publicación de la obra magna de Darwin.

Cuando paseamos por el Eixample, reconocemos sus calles anchas y sus largas avenidas. Caminamos por su espacio entre fachadas planas y sus manzanas cuadradas. Pero ¿son cuadradas? Porque si algo asociamos al Eixample, aparte de su trazado ortogonal y la Diagonal que lo trastoca y lo define, son los chaflanes.

Los chaflanes. Esas piezas giradas de 15 metros que rompen los 133 metros de fachada y desdibujan sus esquinas, facilitando así el giro de los coches y los autobuses.

Han leído bien: los coches y los autobuses. Porque cuando planteó el Eixample en 1855, Cerdá ya vaticinó que, en el futuro de la ciudad, iban a circular unos vehículos a los que llamó “locomotoras particulares”. Y pensó en la visibilidad de sus conductores y en el radio de giro de esos vehículos que aún no existían. Cincuenta, casi cien años antes de que el Eixample se llenase cada día de coches, autobuses y tranvías, Barcelona ya estaba preparada para las curvas que el vehículo rodado necesitaba. Piénsenlo: esa capacidad de anticiparse al futuro, de adelantarse a los requisitos de la ciudad, de prever las solicitaciones del entorno es una de las razones, quizá las más inteligente y la más avanzada, por las que el plan Cerdá triunfó donde otros proyectos urbanísticos necesitaron mil remodelaciones.

Y es que en arquitectura, y aún más en urbanismo, hay que ser muy darwinista, para así caminar por Barcelona, girar entre sus calles y poder ver las curvas invisibles del Eixample.