Las cajas abiertas al cielo (Fàbrica Futur Barcelona)



(Artículo escrito para #ffbcn | Fàbrica Futur Barcelona

Los hemos visto ya varias veces. Lo sabemos al pasear y al vivir. La ciudad son los edificios y también las calles. Son las casas y también los parques. Son los museos y también los estadios. La ciudad son los coches y las bicicletas y los skateboards y cada paso que damos cuando corremos por ella.
Barcelona es su cuerpo y también su silueta.

Y como todos los cuerpos, la ciudad tiene ganglios linfáticos. Y como todas la siluetas, Barcelona tiene lunares. Y los lunares de Barcelona tienen la edad de su historia.

Barcelona tiene dos mil años de historia y cien millones de años de Mar Mediterráneo. Cien millones de años de inviernos suaves y veranos calurosos. Cien millones de años de amor al cielo. Lo sabían los layetanos y los fenicios y los romanos y los cartagineses y los árabes y los los visigodos; todos sabían que el cielo es amable en nuestro rincón del mar. Y que, muchas veces, se vive mejor fuera de casa. Por eso cogieron un lápiz de vacío y pintaron Barcelona y la llenaron de lunares.

Y es que la urbe tiene sus grandes pulmones, pero también sus pequeños alveolos. Y estos alveolos son los patios.

Cerdá pensó en mil grandes patios en el Eixample, pero el dinero se acabo comiendo a la mayoría. Con todo, Barcelona sigue conservando decenas de lugares, entre sus manzanas e incluso dentro de los edificios que respiran y abren sus ventanas al firmamento. Desde la Cafetería del Collegi d'Enginyers Tècnics Industrials hasta la terraza del Jardí del Raval. Desde las dos siluetas onduladas en el interior de La Pedrera hasta el Antic Teatre.


Son pequeños lugares, espacios comprensibles y abarcables. Aires amables como el clima de nuestro rincón del Mediterráneo. Tapas que se abren y juguetes que miran, a veces de par en par, a veces con el rabillo del ojo, pero siempre sonrientes al cielo.