Atrévanse a vivir mejor (Fàbrica Futur Barcelona)



(Artículo escrito para #ffbcn | Fàbrica Futur Barcelona)

Cuando, hace ya cincuenta años, el gobierno central creó y comenzó a desarrollar e incentivar las viviendas de protección oficial, su objetivo era dar acceso a la vivienda a todo el mundo. Sí, a todos, especialmente a las clases medias y bajas. A los más necesitados de vivienda urbana en el principio de la gran inmigración interior del país.

La actitud era loable, sin duda, pero también tenía un cierto poso -muy propio del antiguo régimen- de caridad. Así, las grandes ciudades se llenaron de edificios de materiales pobres y superficies ajustadas. La gente vivía allí, y vivía feliz, pero siempre se miraban a estas viviendas como restos, como lo mínimo exigible para vivir. Como vivir peor.

Es curioso porque, junto a los cientos de miles de edificios banales y anodinos que se levantaron, también se construyeron un buen puñado de viviendas de gran calidad con la misma placa de la protección oficial. Sus arquitectos eran punteros y, pese a las restricciones económicas y de tamaño, dieron rienda suelta a una creatividad que hacía destacar esos edificios, no solo sobre las demás construcciones protegidas, sino sobre cualquier edificio de renta libre. Eran Alejandro de la Sota, Francisco Javier Sáenz de Oiza, Juan Antonio Coderch o Josep Lluis Sert.

Sin embargo, pese a las experiencias de los grandes maestros de la arquitectura, la vivienda pública se ha seguido considerando como una vivienda menor, como una vivienda de materiales más pobres. Como una vivienda peor.

Pues quítense esta idea de la cabeza, porque desde hace ya casi dos décadas, la vivienda pública, la que se construye o financia limitando el beneficio económico, construye prácticamente las mejores casas donde vivir. Posiblemente porque los materiales con los que se levantan ya no son los más baratos, quizá porque la vivienda pública se ha convertido en una bandera de la modernidad urbana, pero sobre todo, porque los arquitectos que las proyectan son los más intensos, los más avanzados y los más delicados del panorama.

Acérquense a Vilassar de Dalt y fíjense en las viviendas con fachada de tela negra y ventanas-balcón que ha proyectado Arturo Frediani. Vayan junto al río Gurri, a Santa Eugènia de Berga a ver las viviendas que el estudio Bailo Rull ADD+ ha llenado de verde y patios cruzados. Y, si no tienen coche, cojan el metro hasta Les Corts para ver las delicadas celosías del edificio de Flexo Arquitectura , o bájense en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura del Vallés y encuéntrense con la residencia de estudiantes que ha construido dataAE y H Arquitectes, con sus espacios diáfanos, su construcción modular y su fachada vegetal..

Entonces quizá comprendan que, cuando las arquitectas y los arquitectos se emplean con creatividad, con intensidad y con libertad, les están regalando un lugar mejor. Y que su futuro es el mismo que el de todos nosotros, de todas las clases altas, las medias y las bajas.

Y el futuro es vivir mejor.