El oleaje cerámico (Fàbrica Futur Barcelona)

FOTOGRAFÍA DE NICO_ (CC)


En 1985, el arquitecto japonés Toyo Ito publicó su Cabaña para la Chica Nómada de Tokyo. El proyecto se basaba en una vivienda móvil, plegable y portable. Una suerte de crisálida de tela que buceaba en la ciudad y parasitaba sus servicios: los restaurantes, los baños públicos y hasta los hoteles. Pero cuando no había servicios al alcance, la chica nómada no tenía más remedio que instalar su cabaña donde la urbe se lo permitiese.

Y ese lugar a menudo era el espacio inexplorado de las azoteas.

Sí, es cierto que últimamente las cubiertas de nuestros edificios se están colonizando con bares, terrazas y piscinas; aunque a veces es una colonización bastarda. Un simple lavado de cara disfrazado de mirador.

Pero no siempre fue así, no crean. En 1953, Francisco Juan Barba Corsini se encargó de reformar el desván de La Pedrera. Dónde antes solo había trastos y murciélagos, Barba Corsini construyó trece apartamentos de alquiler para “familias modernas”. Antoni Gaudí nunca contempló el desván como un lugar habitable, para él solo era la base donde montar sus arcos pétreos y levantar la superficie ondulada que conformaba la cubierta. En efecto, era un no-lugar. Uno que Barba Corsini regaló al mundo.

Sin embargo, en 1996, los nuevos propietarios del edificio modernista decidieron que los apartamentos que ocupaban el desván no respetaban el estilo de Gaudí. Y era cierto. Pero quizá su mayor fortuna no consistió en desmantelar los apartamentos de Barba Corsini, sino descubrir a los arcos y las ondas a todo aquel que visitase La Pedrera.

Cuando entren en el desván del edificio, que ahora se llama Espai Gaudí y que funciona como museo del arquitecto, levanten la vista hacia arriba. A los arcos catenarios y al oleaje cerámico que es techo y a la vez es el suelo fluctuante de la azotea. Entonces entenderán que están dentro de un espacio que una vez fue no-lugar y que, si lo piensan, se merece volver a ser habitable.

Como todas las cubiertas de la ciudad.