El gran hotel Budapest. ¿Por qué ser un botones? (Jot Down)



Han transcurrido trece minutos y treinta y siete segundos de metraje y ya hemos viajado por todo el siglo XX. Y ya sabemos que Wes Anderson nos está contando un cuento dentro de un cuento dentro de otro cuento envuelto en un primer cuento. Trece minutos de narración elegante, rítmica y precisa que desembocan en una narración aún más estilizada y más trepidante. Porque el cuerpo de la película se desarrolla en 1932. Y sí, es un cuento.

Aunque, en realidad, todos los tiempos y los formatos pertenecen a Wes Anderson. Porque Anderson es un cineasta absoluto. En todos los periodos y todas las relaciones de aspecto, entre simetrías y travellings, la película nos envuelve cuidadosa y bellísima. Porque Anderson no narra solo con la historia, sino que narra con el cine. Narra con cada plano y cada encuadre; precisos, hiperestilizados. Narra con cada movimiento de cámara y cada uso teatral de la luz. Narra con la diferencia de formatos y con las sobreimpresiones. Lee esta crítica en Jot Down.