Lo mejor y lo peor de El Ministerio del Tiempo. (Jot Down)



Parece ciencia ficción. Parece. Las convenciones a las que recurre, empezando solamente por la ubicuidad de la tecnología, son las de la ciencia ficción. Y la dialéctica policial y detectivesca emparenta muy bien con ese género. Pero no. Es una serie de fantasía. Una serie de fantasía, quizá, con la retórica de una de ciencia ficción. Pero fantástica. Y eso, si nos lo permiten, es cojonudo. Abracemos la fantasía como un niño abrazaría una gran nube de algodón de azúcar: poniéndose hasta arriba de pringue. Porque no siempre tiene que ver con gnomos, orcos y hadas. Fantasía es cualquier narración que incorpora elementos sobrenaturales sin una explicación científica, y de eso no hay mucho en El Ministerio del Tiempo. ¿Cómo funcionan las puertas? Ni idea, pero funcionan. ¿Cómo funcionan el wifi o los teléfonos móviles en las distintas épocas de la historia? Cualquiera sabe, pero a los personajes no parece intrigarles. ¿Cómo es posible que unas puertas estén en barcos, otras en confesionarios, otras en monasterios, unas sean fijas y otras avancen en el discurrir del tiempo? Ni lo sabemos ni lo queremos saber ni a la serie le importa un pepino. (Lee nuestra opinión sobre la serie española de la temporada en Jot Down)