Ya no se hacen runners como los de antes. (Jot Down)



Efectivamente, tras más de cuarenta horas sin comer ni dormir, y habiendo agotado los medios de transporte no onerosos, Carvajal recorrió los últimos kilómetros hasta el recinto olímpico al trote. Tal fue así que llegó a la línea de salida con la prueba a punto de comenzar. Sin embargo, el pistoletazo tuvo que retrasarse unos minutos porque los jueces le preguntaron que si se había mirado al espejo, que adónde iba con esos zapatos de vestir, esa camisa de lino y esos pantalones de tergal. A lo que nuestro altivo cartero/deportista/jugador de dados respondió arqueando sus caribeñas cejas, atusándose su caribeño mostacho, y diciendo que él corría como le salía de sus caribeñas pelotas. En realidad, lo que pasó es que les estaban dando las tantas y nadie tenía una equipación deportiva que prestarle, así que un atleta americano sacó unas tijeras —que vayan ustedes a saber para qué las querría— y le cortó los pantalones hasta la altura de las rodillas. Lo justito para que Carvajal tuviese una pinta medio decente y la carrera pudiese, al fin, comenzar. (Lee esta historia en Jot Down)