Lo que el billar nos ha dado, que no nos lo quite la tecnología. (Jot Down para Camper)



Hay quien dice que ni la película de Robert Rossen ni la novela homónima de Walter Tevis en la que se basa hablan realmente de billar. El crítico Roger Ebert afirmaba que, en realidad, El Buscavidas «es una alegoría sobre el significado de la condición humana, expresada en el contexto de la victoria y la derrota». Quizá tiene razón, porque, al igual que sucedía en el salón recreativo de mi barrio, el billar es un microcosmos de la vida. Un mecanismo de múltiples piezas interconectadas que nace en el tapete verde y termina en la punta del pétalo de una flor en una solapa, pasando por la terminología, la rosca exacta de cada mitad de un taco, la intensidad y la incidencia de la luz de las lámparas que alumbran la mesa y hasta la textura de las sillas en las que se apoyan los jugadores. Cuando El Buscavidas está llegando a su fin y Fast Eddie Felson ha comprendido todas las partes de ese ecosistema es cuando puede volver a enfrentarse al Gordo de Minnesota. Y vencerle al fin. (Lee este artículo en Jot Down)