Los edificios más feos de España (II): La Sagrada Familia, un Frankenstein vestido de faralaes. (el Economista)


Lo malo es que en la Sagrada Familia no repitió la arquitectura sino la decoración. No hay ni rastro de la investigación espacial que produjo La Pedrera, solo hay adornos y ornamentos y tallas y esculturas e inscripciones cubriendo cada rincón, cada capitel, cada arco y cada puerta. No hay ni un momento de pausa ni de respiro, nada que permita pararse y apreciar un determinado motivo o un cierto espacio. Porque no hay manera de adivinar cómo es ese espacio entre la farragosa aglomeración de florituras escultóricas.

Hay quién dice que Gaudí era muy barroco, pero se equivocan. La verdadera esencia de la arquitectura barroca no estaba en lo recargado de su ornamentación, sino precisamente en la jerarquía entre unas partes limpias y otras profusamente decoradas, que así, por contraste, adquirían aún más valor. En la Sagrada Familia no hay manera de discriminar qué espacios son importantes y cuáles son secundarios porque todo tiene el mismo valor. Porque todo está recargado hasta el punto de saturación visual. Y posiblemente lo estará todavía más cuando se termine. Si se termina.  (Lee esta crónica en el Economista)