Si van a Londres y solo pueden ver una cosa, que sea Blow-Up. (Jot Down)



Pero resulta que Blow-Up es la mejor película de la nouvelle vague, aunque esté rodada en inglés y dirigida por un italiano. Porque, en realidad, la nouvelle vague no tenía nada que ver con historias de amor imposible entre Belmondos y Sebergs. Ni siquiera tenía que ver con el blanco y negro ni con Francia. Todo eso era circunstancial. Incidental. El propósito de la nouvelle vague era redefinir el lenguaje cinematográfico. Así de ambicioso pero así de firme. Los propios franceses lo estaban haciendo. Resnais en L’Année dernière à Marienbad, Truffaut en La nuit americaine o Godard en Made in USA. Desensamblaban y reconstruían los mecanismos intrínsecos del cine. Eran exploradores cruzando territorios sin mapas donde todo era nuevo: desde el montaje al sonido, desde los encuadres a los decorados y los exteriores, desde el movimiento de la cámara al ritmo, el espacio y hasta la realidad.

Por eso, para entender Blow-Up hay que entender que no es solo la adaptación que el guionista Tonino Guerrahizo de un cuento de Cortázar. Tampoco es solo la fotografía de Carlo di Palma o la banda sonora post-bop de un jovencísimo Herbie Hancock. Blow-Up es, por encima de todo, el espacio del nuevo Londres de los sesenta. Las fachadas de hormigón y las cerchas de madera, las plazas y los parques, las puertas, las calles y los edificios.Blow-Up es la realidad del Londres de Antonioni. (Lee esta pieza en Jot Down)