Satán es mi señor y el hormigón también. (Jot Down)



Si el hierro había sustituido a la crin de caballo, el acero convirtió al hormigón en el material del siglo XX. Las vanguardias entendieron enseguida que se adscribía como un guante a la arquitectura del mundo moderno, múltiple y eficaz, que proponían; era barato, sencillo, resistente y polivalente. Era absolutamente imparable.Walter Gropius, Hanes Meyer, Le Corbusier, incluso Frank Lloyd Wright al otro lado del Atlántico, construyeron haciendo del hormigón una suerte de leitmotiv no solo estructural, sino también estético.

Porque, de igual manera, los arquitectos del siglo XX comprendieron que la polivalencia del hormigón residía en su propia naturaleza intrínseca. Que si podía estar en todas partes es porque podía tener todas las formas. Porque el hormigón es líquido. Pero es que además tomaron una decisión todavía más revolucionaria, casi marxista: si el hormigón permitía a la arquitectura adoptar cualquier forma, era profundamente injusto mantenerlo tapado tras capas de revestimientos supuestamente nobles. Así, el material, que había permanecido oculto durante milenios, se destapó al exterior. Le Corbusier lo llamó béton brut; hormigón visto. Como un campo de hierba no necesita de ningún filtro, la superficie del hormigón, a veces porosa, otras tersa, curva o recta, gris, blanca o coloreada merecía ser expuesta al mundo. Y es que se trataba de enseñar la belleza de la verdad constructiva, la belleza de la humildad estructural. La belleza de la verdad. (Lee este artículo en Jot Down)