Respeta el brutalismo (I) o los edificios que acabaron siendo símbolo de la distopía. (Yorokobu)



Durante las décadas de los 50, 60 y 70 se construyeron algunas de las piezas más poderosas y más sugerentes de la arquitectura contemporánea, en un movimiento que el crítico británico Reyner Banham denominó ‘New Brutalism’ aunque posteriormente sería conocido sencillamente como brutalismo.

Los arquitectos no adoptaron la etiqueta brutalista, y no porque fuese despectiva, pues en realidad no lo era. Para empezar porque venía del brut francés y no del brutal inglés. Pero sobre todo porque los críticos no lo consideraba un estilo sino una manifestación del ambiente intelectual de los jóvenes arquitectos de la época, que se enfrentaban a la disciplina con un enfoque de integridad moral, alejándose así de la excesiva ligereza y frivolidad que consideraban había caracterizado a la arquitectura del primer Movimiento Moderno.

Pero como el dinosaurio de Monterroso, el hormigón seguía allí. Esperando a que lo redescubriésemos, esperando a que el hombre ajustase su sensibilidad y dejase de necesitar tamices para enfrentarse a construcciones que no eran fáciles, que eran ásperas e incluso antipáticas. Pero también eran honestas en su belleza. (Lee esta columna en Yorokobu)